Todas las historias tienen un comienzo y un final. La historia de hoy es real, como todas las de este blog escrito con afán de 'memorándum' y 'entertainment'.
Una vez más durmimos Carla y yo en la tienda pequeña y los chicos en la otra. Lo bueno de dormir en casa es que no hay nadie a tu lado incordiando con los pies, que si ahora ronco, que si ahora hablo, que si me levanto, que si estate quieta, la noche que pasé fue toda una delicia. No escuché a nadie ni hablar ni roncar, lo único que se escuchaba eran mis vértebras crujir cada vez que hacía un movimiento. Cuando me levanté por la mañana mis vértebras habían dejado de crujir, directamente se pusieron a llorar a lágrima batiente (háganse la idea de que las vértebras no lloran).
Mi visión de recién levantada una vez salí de la tienda no fue gran cosa comparada con el follón que liamos Carla y yo para salir de susodicha. La cuestión es que necesitábamos llegar al baño corriendo (nos estábamos orinando encima, manera elegante para evitar la palabra m.....r) cuando nuestra sorpresa fue que en la cerradura de la tienda, en la mosquitera (las tiendas tienen dos cierres, el de la mosquitera y el impermeable) estaba preparada para darnos los buenos días una araña gigante de rayas, una monstruosidad (bien, teníamos los ojos entornados por el sueño y nuestras perspectivas de tamaño estaban distorsionadas, una vez más, por favor, hagan el favor de no mal pensar).
Félix, nuestro fiel amigo además de un gran cantante y bailarín, (esto último ironía) nos salvó de la diabólica araña (más si cabe que el segurata del campamento, ya es decir con la jodida araña) con sus pantuflas de campamento. Nos dispusimos viento en popa a toda vela para lo que iba a ser una fructífera mañana para unos más que para otros.
Esa mañana nos tocó a Carla, Félix y a mí ir a comprar al pueblo provisiones para subsistir hasta el momento de nuestra partida. Evidentemente, antes desayunamos y seguidamente nos dimos un par o tres de chapuzones (más que chapuzones fueron largos de buceo para evitar tragar agua innecesaria y sí, me he dado cuenta de que he repetido la palabra chapuzones, qué narices, chapuzones, chapuzones, chapuzones, chapuzones, chapuzones, chapuzones, ahora sí, me he quedado muy a gusto).
La fotografía adjunta es la piscina del cámping Pirinenc, donde estuvimos alojados.
Cuando emprendimos la marcha hacia el pueblo tuvimos que coger una mochila (la de Félix, previamente vaciada, la de Carla y mía parecía contener una vida entera, no sin antes discusión) y mi gorrito de pescar por supuesto no lo iba a dejar en manos de los chicos.
Si en un cámping vuestros compañeros os dicen llenad la cantimploras, creedme, llenadlas hasta que rebosen a no ser que queráis morir deshidratados como casi nos sucede (bueno, quizás exagero pero un kilómetro caminando hacia el pueblo es una ardua tarea, bueno, nos llevó un chico amable en el coche pero igualmente la vuelta fue desesperante y encima íbamos cargados como burros).
La tarea de encontrar el único jodido supermercado existente a 20 km a la redonda parece estúpida y simple pero una vez eres tú el que lo busca (créanme, hubiese sido más fácil ver a un ángel que encontrar el supermercado a la primera) la cosa se pone chunga. Al entrar en el tan deseado supermercado por no mencionar fresquito y lleno a rebosar de comida por todas partes, iniciamos nuestra compra. Productos varios entre los cuales se encontraba una botella grande y fría de agua que bebimos como si no hubiera mañana (bajo el Sol de julio es un suplicio no tener agua al alcance).
Nos tocó regresar al cámping Pirinenc caminando, turnándonos con la mochila llena hasta reventar con nuestras provisiones. Cuando pasaron los segundos, minutos y me atrevería a decir hasta casi una hora llegamos al cáming (Carla debió llevar un petardo en el culo pues la marcha que llevaba no osaría emprenderla ni el mismísimo Correcaminos, tan rápida iba que Félix y yo íbamos caminando sobre el cemento en llamas ocasionado por su velocidad).
No fue otra la sensación al llegar que la alegría, el cansancio y un hambre atroz. Nos esperaban unos famélicos compañeros con sus estómagos a la par. Antes de hacer la comida nos dimos un bañito para refrescar nuestras definidas siluetas (definidas con michelines españoles cuyas medidas son 90-60-revienta).
Ese día para comer hicimos unos riquísimos macarrones con salsa roquefort (imagínense ustedes en una cazuela grande y hermosa, 1,5 kg de macarrones, los que compramos más los que yo llevé en mi mochila por si las moscas rebosando macarrones). Digo que hicimos la comida porque Carla cocinaba, Arnau removía (no sean cochinos malpensados, removía la cazuela) y yo degustaba con unas cuantas carreras huyendo de los gritos de Carla para que no cogiera más (sí, hijos míos, sí, parecía mi madre reencarnada). Mientras unos cocinaban, los otros jugábamos a cartas en el coqueto porche del bungalow vacío que flanqueaba nuestra zona de tiendas de campaña (flanqueaba = estaba al lado).
La comida estuvo realmente exquisita y minutos más tardes llegó la tan esperada HORA DE LAS MÁRFAGAS. Queridos lectores, es tal la alegría que me aportáis cuando sabéis lo que es la hora de las márfagas que se me saltan las lágrimas frente a la pantalla de mi Toshiba. No es otro que el momento de dormir la siesta en nuestras esterillas de montaña (llamadas márfagas en catalán, nuestra querida lengua escolar y para algunos materna).
Ahora sí, pasaron los segundos, seguidos de minutos y finalmente seguidos por horas. Bajo los verdes pinos estábamos reposando nuestros llenos estómagos llenados hasta el fin (coño, qué poético me ha quedado).
Nos dimos otro baño en la piscina, esta vez uno detrás de otro, ya se notaba la época vacacional puesto que había bastante gente de carne y hueso. Al finalizar la tarde nos sentamos en la terraza del bar-restaurante del cámping y jugamos a cartas (el juego del cuadrado, muy común, consiste en jugar con una pareja teniendo un código secreto y joderle la jugada a los oponentes).
El momento de la cena fue bastante insulso ya que ninguno de nosotros teníamos demasiada hambre, no recuerdo bien la cena pero estuvo entretenida como todas las otras.
Finalmente, no sin antes rodar colina abajo jugando, llenarnos la chaqueta de olor a césped húmedo y reírnos a carcajadas sin parar, decidimos irnos a hacer nonitos (dormir para los más exigentes, este blog es para todos los niveles culturales con diferentes jergas legibles).
Aquí concluye una vez más nuestro cuarto día en el cámping Pirinenc seguido de una larga y estrellada noche.
viernes, 3 de mayo de 2013
jueves, 2 de mayo de 2013
CÁMPING 'CAMPDEVÀNOL' VERANO 2012 DÍA 3
!!!Buenos días por la mañana excursionistas y pixapins!!! Hoy amanece un precioso y maravilloso día, lástima que haya amanecido hace horas y horas y horas y llevemos toda la mañana durmiendo. El día anterior entre todos acordamos despertarnos temprano (8:00-9:00) y salir a las 10:00 AM por la puerta imaginaria del cámping destino a la aventura. La triste y fatigosa realidad fue que nos despertamos a las 10:00 am, desayunamos con toda la parsimonia del mundo, creedme, mucha lentitud.
Tuvimos sorpresas matutinas como de costumbre (no iba a ser menos xD), la cuestión es que de buena mañana al ir a coger nuestros maravillosos cubiertos para nuestra leche absenta de colacao (los muy gorrones acabaron mis provisiones de un mes en una mañana) estaban llenos de hormigas, pegajosos y asquerosos cuando tuvimos que emprender un viaje a la habitación de lavar platos para dejarlos limpitos y divinos. Quedaron más pegajosos si cabe, pero en fin, lo que no mata, engorda y con hormigas el desayuno es más substancioso si cabe.
Todos con el desayuno en la garganta disponiéndose a salir de un momento a otro por orificios superiores emprendimos un camino hacia lo que creíamos era una ruta de domingueros, como siempre, idea errónea. Todos íbamos con nuestra mochilita para excursiones, móbil (sin cobertura), clínex que no falten por favor y agua. Al salir del cámping tuvimos que pasar un riachuelillo (metí mis pies de bruces en el fango) y a mano derecha pasamos por delante de un ganado de borregos y cabras donde vendían leche fresca, queso, yogures y comestibles varios (caerían, ya lo creo que cayeron).
Continuamos con nuestro camino de peregrinos ideal para bajar el desayuno (eso es mentira, no os penséis, íbamos a abonar el camino con nuestros desayunos). Una vez leímos el cartel : RUTA DELS 7 GORGS, teníamos la opción de ir por un caminito o hacerle caso al 'iluminatti' de Pol e ir campo a través (quise hacerme Tarzán y me lancé a la aventura, ojalá solo hubiera sido por ahí, pero una vez más, no fue así). Pol, Félix y yo fuimos por la ruta de los valientes pixapins de la jungla con nuestro cabecilla capitán cau Pol, en nuestro camino el ambiente olía a hogro (camisa de Pol), oíamos brujas (seguramente risa histérica ay, una abeja, de Carla), nos dábamos de bruces con ramas y comíamos arañas o teníamos dificultades para no adornar nuestra cabellera con insectos varios (ea, esa soy yo). Mientras tanto los demás iban por un paseíto donde el Sol brillaba, salían las mariposas a saludar, las flores sonreían y oías cantar a las hadas.
Después de pasarlas canutas (qué coño, las pasamos putas, jodidamente mal) me caí, más bien tiré por lo que para mí a simple vista me pareció un tobogán y resultó ser una roca aparentemente con poca pendiente y lisa, me raspé todos mis divinos glúteos y un buen arañazo en la pierna, en ese momento pensé, (Tarzán, con un taparrabos no se puede ir por la selva, se tiene que llevar armadura de samurai). Quién tuviera el escudo de Mulán para sentarse encima y derrapar la bajada eh.
Una vez abajo del suplicio, no había apenas sitio para caminar y como Félix y Pol no hacían más que atravesar arbustos, matorrales y plantas varias yo vi iluminado, (más bien fui yo la iluminada con pocas luces, espero que ustedes entiendan mi antítesis, recurso literario, busquen en google o similar) cuando me metí en lo que parecía un riachuelillo de 3 dedos de fondo. La cruda y graciosa realidad (graciosa ahora que me río pero cuando me metí fusilaba a quien se riera) es que al dar tres pasos el agua superó con creces mis tobillos y llegó hasta casi la cintura (mis botas eran impermeables, sí, pero cuando salí del agua a duras penas, las vacié y tenían agua a borbotones). Moraleja: no crean todo lo que pongan las etiquetas, miente, de impermeables nada (jajjajaj era broma, espero que ustedes comprendan mi sutil comentario, sinó perderé la fe en la humanidad pero nunca en mis lectores ;) ).
Una vez pasaron los segundos, seguidos por minutos, seguidos por horas, seguidos por dias, es broma, rebobinemos. Pasaron segundos y minutos, muchos, muchos minutos (es una reiteración) cuando al fin escuchamos el sonido del agua, y no, todavía no era la meadita de Félix, era el avistamiento del gorg, el tan esperado y aclamado gorg. Ahora sí, Félix no perdió el tiempo, no solo echó su meadita matutina sinó que además dejó postre, un croissant bien hermoso debió ser (Jesús compartió vino y pan pero mi amigo Félix que es más sibarita, es decir, refinado, compartió zumo de naranja y croissant recién hecho, para que luego digan que en Cataluña hay racaneo).
Finalmente se oían chillidos, gritos (adivinen ustedes de quién eran, cuya procedencia no fue difícil divisar) encima del gorg. Era el grupo (Abel, Arnau, y Carla, sí Carla, lo he escrito por orden alfabético así que no te quejes de que te nombre la última) el cual tuvo problemillas para bajar al gorg. De mientras élix y yo (el burro delante, es broma, bueno, no lo era, es que Pol en esta situación no estaba y no le puedo poner primero) pusimos las botas a secar y nos untamos con crema de Sol +60 como si fuésemos vampiros.
Cuando todo el grupo llegó a nuestra situación nos metimos en el gorg con zapatillas de río (escarpines, sí, madres, no se preocupen ustedes, por favor, será por equipaje, cargados como burros que íbamos, no nos venían de unos zapatos más) no sin antes ser salpicados y congelados por algún graciosillo cuyo nombre no recuerdo (sí lo recuerdo, pero fueron mayoría).
Una vez bañados y secos emprendimos el hambruno viaje de regreso al cámping (el retorno de los pixapins).
Muertos de hambre como íbamos (ojalá nos esperaran manjares dignos de mi paladar) nos esperaban bocadillos vegetales (evidentemente en cuanto oí en Barcelona la palabra vegetal se dispararon las alarmas y mi mochila fue llena de provisiones ricas, ricas y con fundamento, Félix, evidentemente, no iba a ser menos).
Todos comieron bocadillos vegetales escepto Félix que se comió el pan con fuet, jamón serrano y una lata de atún calvo, envase azul y yo, tenía un sobre de jamón de jabugo (sí, del que se te engancha la grasa en el cuello de lo bueno que está) y cómo no, un fuet espetec puesto a secar una semana antes (me gusta el fuet duro, por favor, absténganse a pensar mal, sí, yo he pensado mal a medida que escribía letra a letra pero no con dobles o triples sentidos). Pobre Abelín, su cara era un poema y sus palabras un descojone (cita textual: hay que joderse, éstos con jamón y yo bocadillo de hierba, si lo sé, me compró algo de carne en el súper). Carla como catadora profesional provó mi fuet y yo le cedí un trocito de jamón a Abel para que se deleitara entre la substancia gorrina.
Una vez hubimos comido (fíjense la cantidad de formas verbales que utilizo pues me los parendí en 6º curso de Primaria), lavamos los platos y nos echamos una siestecita, la hora de las márfagas (utensilios para poner debajo del saco de dormir para no clavarse lo que no está escrito en la espalda y otras partes corporales a elegir según la posición cuando se duerme). Todos con la márfaga fuera, Félix al haber traído la de bastoncitos de caña de la playa (cuando me dijo que le cupo en la mochila ya pensé que la había cagado en algo, por suerte de los errores se aprende, o bien, uno se vuelve más tonto que antes) se acoplaba en medio de la de Carla y la mía.
Después de numerosos minutos por no decir horas vagueando bajo los pinos, muchos y repetidos baños en la piscina, esta vez con más gente a parte de los fantasmas seniles y unas cuantas partidas de cartas llegó la hora de hacer la cena. Nuestro ágape (dígase así, dígase cena) fue hecho por Pol y por mí (recuerden fue, fui no se acentúan), compuesto por barritas de pescado (a saber si era radioactivo) y calamares a la romana (debieran ser congelados pero después de muchas horas sin nevera y con cubitos de hielo imagínense ustedes como estaban, no se lo imaginen pues estaban riquísimos, o eso, o teníamos un hambre digna de filmar y poner en youtube.
Una noche más fuimos a hacer pis a la montaña sin linternas pero con zapatillas (hay que ser preventivo a ver donde vayamos a pisar) y como tercera noche que era en el cámping Pirinenc dormí con Carla y élix con los chicos (sí, la tercera noche la tienda olía que alimentaba, el motivo de que se durmieran tan rápido fue que la camisa de Pol tumbaba hasta a un eleante). Aquí se cierra la tercera noche entre multitud (cabe mencionar que Carla y yo nos quedamos hablando sin cesar hasta dormirnos).
Ahora sí queridos lectores, aquí concluye un próspero y emotivo día de campamento.
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