Ojalá ese aliento sea por ti, qué cojones, ojalá todos los alientos sean por alguien. Ojalá todos y cada uno de nosotros seamos tan especiales para otra persona como para ser capaces de quitar el aliento, ser capaces de provocar esa extraña y mágica sensación de ejercer poder sobre alguien, ejercer una atracción que termine en jadeo. Ese jadeo placentero que se nos escapa cuando algo nos encanta, ese momento en que se podría parar el mundo que yo me quedo, el momento donde distintas frecuencias humanas coinciden en la misma emisora y sintonizan en perfecta armonía, esa extraña y afortunada sensación llamada atracción.
Porque qué es el mundo sin atracción, esa misma atracción ejercida por la luna sobre la tierra, la que ejerce un hombre sobre una mujer, una mujer sobre un hombre, hombre sobre hombre o mujer sobre mujer. La atracción no entiende de sexos, tan solo trata de compartir gravedades, sintonías, una relación de perfecta simbiosis gravitatoria que ejercen las personas en la cual yace la magia de esas atracciones intrapersonales y jodidamente sensoriales, envidiables y deseables.
Porque mientras miremos la misma luna y pisemos la misma tierra, nos une la misma gravedad donde el término atraer no entiende de sexos sino de atmósferas, porque mientras se comparta el aire, habrá libre circulación de suspiros, jadeos y palabras entrecortadas. Porque mientras quede un resquicio de aire, algo con que respirar, será suficiente para que el mundo se deje conquistar y sobretodo, nunca pare de jadear.
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