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am. Ha llegado el momento de empezar mi turno en el hospital, me encanta el
turno de madrugada, es el más tranquilo y donde los pacientes oponen menos
resistencia a que les trates, simplemente genial. Bajo al parquin del edificio,
cojo el ascensor para personal y voy al cuarto de enfermeras para cambiarme, me
quito toda la vestimenta negra y me visto como el pijama color azul hielo de trabajo.
Esta vestimenta me hace dar una imagen insensible, tal vez, simplemente, realza
la imagen que tengo, la de una persona que finge empatizar con el resto
sabiendo cómo se sienten pero sin que eso me dé pena, sin que enternezca o
emocione, solo consigo decir y hacer lo esperado de una buena persona con
sentimientos, lo que quieren oír.
Una
vez cambiada, me adentro en el oscuro y silencioso pasillo de pacientes paliativos
cuyo silencio se rompe con los pip de las máquinas a las que se encuentran
aferrados, las máquinas que logran aferrarles a la vida, esta vida que para
ellos está terminando. Hay pacientes que se resignan y saben que les llega su
hora, otros, imploran y suplican tener más tiempo, algunos buscan redención en
un dios inexistente, creado por la mente humana, para que ésta idea les dé
protección y puedan hallar paz, su redentor. A mí, no me importa el perdón, no
me importa lo que piense la gente de mí o definitivamente no me importa en
absoluto nada acerca de sus vidas. Hay quien me llama fría, insensible, llámalo
X, libertad de expresión; como antes he mencionado, me resulta indiferente.
Mi
trabajo consiste en salvar vidas, la dificultad entra en juego una vez que
tengo que discernir entre salvarle la vida a alguien que debe seguir viviendo o
acabar con la de alguien para quien no existe futuro posible en este mundo.
Acostumbro a declinarme por el deseo de mis pacientes, a unos les concedo más
tiempo con sus seres queridos y a poner fin a la vida vacía de otros siempre y
cuando su reloj esté dejando de funcionar, se esté consumiendo y su latido
quede apenas inaudible al oído humano. En las muertes súbitas no juego ningún
papel, de eso ya se ocupa el destino que se haya labrado cada uno, son
inevitables a mi alcance y las llaman colapsos biológicos; bonito nombre
científico, a todo le quieren o necesitan encontrarle una designación que dé explicación
a su causa.
La
cuestión primordial y relevante, es que aligero el pesar de mis pacientes, como
es el caso de don Esusebio, el paciente cuya cama se ubica al lado de la
ventana, habitación 208, su vida ya no tiene razón de ser y me ha pedido ayuda,
hallar la solución a su problema. Alega haber visto a todos sus amigos morir,
haber tenido descendencia y una vida plena, encontró su media naranja y, como
todo en esta vida, ésta maduró y se estropeó convirtiéndose en cenizas. Me
pidió el final y eso, queridos amigos, está en mi dominio laboral.
Le suministraré anestesia general para que
encuentre el sueño y descanse profundamente, después una alta dosis concentrada
de morfina, su proceso es pausado, primero, las articulaciones de su cuerpo
dejarán de moverse, seguidamente de sus órganos, cuando los pulmones dejen de
funcionar no podrá oxigenar su cuerpo y morirá ahogado, no muy agradable si
eres consciente pero totalmente indoloro si te hayas en un sueño profundo. Su
último sueño aun no habrá terminado ya que el cerebro sigue funcionando un
breve tiempo donde soñará y dejará esta cama de hospital, a su familia y seres
queridos y a esta vida ya agotada que ha tenido.
Me
encuentro en la situación de narradora protagonista en primera persona ya que
soy el eslabón causante de su fin, su misericordia y alivio, quien ha hecho
real su último deseo. Puedo contaros cómo dejó este mundo con un gracias
silencioso en los labios y cómo sus labios esbozaron una ligera sonrisa de
alivio, una vez le inyecté el sedante. Mi paciente, como muchos otros, no solo
me esperaba pacientemente, sino que me aclamó, avanzó mi llegada para que luego
llegara su marcha; como era de esperar, sus seres queridos lloraron su muerte
pero, no obstante, siguieron con sus vidas. A ellos también les llegará el
final y ahí estaré yo para concederles más tiempo o ponerle punto y final a su
vida.
Hay
quienes me temen, sin embargo, otros me esperan, algunos me reconocen bajo este
gélido pijama color azul hielo y pronuncian mi nombre; algunos, a ver mis ojos
negros como la boca de un lobo, saben quién soy en lo más profundo de su ser,
saben que no tienen elección, la decisión es mía y eso no se puede cambiar,
hagan lo que hagan, el trabajo es el trabajo, y yo, soy la parca.